CONTORSIONES MIGRATORIAS
El trabajo reciente de Byron Mejía retoma una propuesta muy interesante con la cual me familiaricé cuando lo conocí en Tegucigalpa hace más o menos diez años, solo que ahora la utiliza de una forma más desinhibida para poner en evidencia su exaltación e inconformidad ante las realidades que le rodean, las cuales provienen de las situaciones particulares –presentes y pasadas—de su ciudad, de su país, del mundo, del momento que nos está tocando vivir.
Dichas situaciones tienen raíces — unas históricas y otras inducidas a la fuerza– y son comunes a mucha gente en Honduras, en América Latina y en África. Por la naturaleza misma del artista, la realidad procesada sensiblemente adquiere al expresarse una halo “saturado por el cansancio”. En el caso de Byron esta condición se pone en evidencia sin disimulo. Es como si la paciencia hubiera llegado al límite en el que no es posible el compromiso con la forma de vida ni con quienes han asumido liderarla puesto que, bajo ningún punto de vista, ni una ni otros reflejan la meta común por la que muchos hemos trabajado con ahínco durante tantos años.
Al pintar y dibujar con esa especie de lodo que impregna sus telas y papeles, sin discreción, sin el menor esfuerzo por esconder su exasperación, Byron se alinea con una tradición muy importante entre los pintores latinoamericanos. Esa tradición, sin embargo, es más existencial que pictórica. También se observa, más matizada, en la obra de otros artistas latinoamericanos como por ejemplo, la obra temprana del peruano Fernando de Szyszlo ó la boliviana María Luisa Pacheco luego de su traslado a Nueva York. Es una pintura que refleja preocupaciones endémicas, como por ejemplo la ignorancia generalizada en nuestras sociedades, la incapacidad de llegar a términos razonables con la geografía, y la imposibilidad de modificar un estado de cosas que ha llegado a ser parte del ADN moral y ético de nuestra región.
Querer responder a una insatisfacción consuetudinaria que en América Latina consume y aliena a los más sensibles mientras resigna a los demás a sobrevivir como pueden es una tradición que se ha mantenido por la voluntad de responder con coherencia preguntas que, al mirar nuestra propia historia, no tienen respuesta cómoda, si es que hay alguna. ¿Cómo es posible conservar el optimismo, crear cuando nos sentimos traicionados y abandonados como seres humanos, y lo que es peor, cuando vemos que otros de los nuestros –por cualquier razón incluyendo la avaricia, la incompetencia y la mezquindad– nos roban las oportunidades para desarrollar nuestra vida, cada minuto que pasa?
En su pintura, Byron recurre persistentemente a vacíos en lo que por momentos nuestra visión cae y se pierde, contagiándonos la inutilidad del esfuerzo por encontrar alguna referencia que nos reconforte. Pero eso es exactamente lo que él quiere. Así nos recuerda la futilidad de tratar de hacer lo que podemos cuando hemos perdido la esperanza, engañándonos pensando que la vida tiene para ofrecer muchas cosas buenas y hay que insistir una y mil veces para lograrlas. Y muchos lo intentamos, por encima de la incoherencia que implica negociar con lo siniestro, sin esperanza de futuro. En consecuencia, pintar febrilmente es lo único que para algunos como Byron puede salvarlos al no encontrar otra alternativa posible para ejercitar la lucidez.
Félix Ángel (curador y crítico de arte)
Washington, D.C.
Mayo de 2010











